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El monte de las Ánimas (fragmento)

Obra: Leyendas

Autor: Gustavo Adolfo Bécquer

Tipo de texto: Narrativo


"Mientras la viejas seguían contando historias, el viento zumbaba en las ventanas y las campanas sonaban a lo lejos.

Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora podía haberlo hecho.

-¡Habrá tenido miedo!- exclamó la joven.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero y nervioso.

Sonaron las doce. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de las campanas, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído pronunciar su nombre a un par de ellas; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento se oía.

-Será el viento-dijo; pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo y estridente.

Primero unas, luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban a su habitación iban sonando por su orden. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan...

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos. Veía como bultos que se movían en todas las direcciones y cuando se fijaba bien, sólo percibía la oscuridad.

-¡Bah!- se dijo- ¿soy tan miedosa como esas pobres gentes que tiemblan de terror al oír una historia de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir. Pero pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra. Se acercaban, se acercaban. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo la respiración.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquélla pareció eterna a Beatriz. Al fin llegó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de luz. Después de una noche de insomnio y terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que había perdido en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso."