Descripción de sentimientos. Los recuerdos y la memoria.
En un bosque de hoja caduca (fragmento II)
Obra: En un bosque de hoja caduca | Autor: Gonzalo Moure | Tipo de texto: Narrativo | Etapa: Primaria | Lecturas: 1248
Compartido por: @sabad el 2013-02-19
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A veces me cuesta recordar lo que sentía cuando era niña; lo que pensaba, hasta lo que veía. Y necesito hacerlo porque no puedo ser quien soy si no consigo rescatar de mi memoria todas aquellas sensaciones. Son momentos de desconcierto porque no lo logro. Pero, otras veces, creo que estoy cerca; otras veces, como ahora, me asomo a la niñez de nuevo y entonces los aromas del bosque llegan hasta mí puros, vigorosos, casi ingenuos.

Pero escribir «aromas casi ingenuos» es una tontería porque lo escribo desde la que soy ahora: una mujer adulta que duda de lo que fue y sintió cuando tenía doce años.

De modo que supongo que sí; aquella niña era yo.

Y el mundo de la niña que yo era fue un mundo propio, apenas compartido con los demás, salvo en el inicio, cuando mi abuela vivía todavía y empujaba mis sueños hacia delante o, tal vez, hacia dentro.

Me gusta escribir porque es hacer magia con las palabras. Magia solo para mí, magia para sentir la vida, para ver, para oír, para oler, para percibir el tacto de otra piel en la yema de los dedos.Magia para estremecerme de nuevo con el roce de un pico en el cuello.

Mi abuela también escribía, pero nunca se lo enseñó a nadie, salvo a mí, y eso me enorgullecía.

Su hijo (es decir, mi padre) se reía de ella sin mala intención, por aquellos cuadernos de palabras apretadas y picudas en los que ella aseguraba que no había adjetivos calificativos.

Mi padre decía: imposible. Y ella no contestaba, no protestaba. Sonreía, o al menos yo sabía que sonreía.

Una noche nos habíamos quedado solas, como muchas otras veces. Mis padres estaban no sé muy bien dónde y ni mi abuela ni yo solíamos ver la televisión. Ella escribía y yo leía, las dos en silencio, cada una en su mundo, pero cerca la una de la otra. Esa noche le pedí a la abuela que me leyera algo escrito por ella así, sin adjetivos, y ella aceptó. Fue a por su cuaderno, sonrió, se caló las gafas y se puso a leer.

Yo no dije nada; no quería que aquello fuera un reto, pero reconozco que mi mente se convirtió en una especie de caja registradora dispuesta a sumar todos los adjetivos que escuchara.

Era un cuento del que apenas recuerdo el argumento, solo la delicia de respirar la vida en sus palabras, y la tristeza de expirar la muerte.

Transcurría en un bosque de hoja caduca, pero ni siquiera para decir que era un bosque de hoja caduca usaba el adjetivo; se limitaba a contar, eso sí lo recuerdo, que las hojas eran la alfombra del bosque, que en invierno las botas se hundían en ella y, en verano, los pies siseaban.

¡Que los pies siseaban!

Aún resuenan en mis oídos las hojas que imaginaba bajo mis pies y, si cierro los ojos, veo las hojas del otoño, una lluvia de hojas a mi alrededor, y la luz, y las sombras.

En aquel relato había un niño que moría en una cabaña de madera, y de madera era también el ataúd que su padre fabricaba con tablas obtenidas del bosque. Aún huelo las virutas impregnadas de savia, y recuerdo la expresión «con los pies por delante» porque al leerlo, ella parecía complacerse con mi angustia. Solía decir: la angustia es necesaria para crecer.

Entonces no lo comprendía, ahora creo que comienzo a entenderlo si mi abuela quiso decir que la angustia es la incertidumbre, la duda, el dolor de la vida. A menudo la siento, y ante ella no tengo sino dos caminos, uno hacia delante, otro hacia atrás. Unas veces me he rendido, y entonces no he crecido. Pero cuando escojo el camino hacia delante, sí, crezco. A eso se debía de referir. También me dijo una vez: si no sientes tristeza, no sabrás a qué sabe la alegría.

Eso sí, la abuela lo había conseguido: en el cuento no había más que dos o tres adjetivos. Yo creo que los había escrito con intención,para que no fuera una especie de número de circo.

Cuando se lo dije, ella me preguntó cuáles eran esos adjetivos. Se los fui enumerando, y ella decía enigmáticamente:

—Ese sí.

Aún no estoy segura de interpretar bien su respuesta, si significaba que la había pillado en falta, o que aquel adjetivo era necesario.

Y no sé si me conmovió más el relato en sí, con aquel niño que salía del corazón del bosque «con los pies por delante», o esa forma tan limpia de narrar: que comunicara tanto, que me provocara tantas emociones con tan pocas palabras, adjetivo más o adjetivo menos. Se lo dije, ella sonrió y contestó:

—Todo lo que no hace falta, sobra.

Algunas semanas, tal vez unos meses más tarde, la abuela murió. Su muerte fue tan limpia como lo fue todo en su vida. Se encontró mal, lo dijo sin dramas, sin aspavientos, y, antes de que llegara el médico, se murió. Ni fue dramática, ni pronunció frase alguna. Lloré, claro, lloramos todos, pero con la misma sencillez con la que ella se había ido. Solo entonces entendí que en sus cuentos existiera la muerte, como una parte más de la vida.

—El billete que pagamos para vivir unos años es la seguridad de la muerte —me dijo una vez, hablando de lo presente que estaba la muerte en sus relatos. Y añadió—: Algún día envidiarás a los animales...

El día de su entierro, un albañil estaba sellando el nicho con unos ladrillos y algo de cemento.

Yo estaba junto a mi madre, y le pregunté:

—¿Pondrán una lápida?

—Claro —contestó ella.

—¿Y una frase?

—¿Una frase?—se extrañó ella.

—Sí, de las que se ponen en las tumbas.

Mi madre parecía confusa, como si no hubiera pensado en ningún epitafio, como si le pareciera una cursilada, o como si le sorprendiera que lo propusiera yo. No hablamos más sobre el tema en el cementerio. Pero, por la tarde, en el vacío que se había apoderado de la casa sin la abuela, mi madre me preguntó por el epitafio.

—¿Pensabas en alguna frase?

Asentí con la cabeza, y añadí:

—«Todo lo que no hace falta, sobra».

Mi madre no supo si reír o enfadarse. Creo que no entendió nada, ni yo se lo expliqué tampoco.



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Actividades para el aula añadidas por los usuarios
Añadido por Luisa Araya el 2013-07-16

Explica con tus palabras  ¿Qué significa que los pies siseaban? Compara con el diccionario.

Añadido por astrid el 2013-06-03

es demaciada buena

Añadido por @sabad el 2013-02-19

"En un bosque de hoja caduca" es una conmovedora novela que habla de los recuerdos y de la memoria. En este fragmento la protagonista nos habla de su abuela.

  1. Describe cómo se siente y cómo recuerda a su abuela y el día de su muerte.
  2. Todos recordamos buenos y malos momentos pasados en nuestras vidas. Narra un episodio de tu vida que haya quedado grabado en tu memoria y describe los sentimientos que te provoca este recuerdo.

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