Inclusión educativa
Paulina (fragmento)
Obra: Paulina | Autor: Ana Mª Matute | Tipo de texto: Narrativo | Etapa: Primaria | Lecturas: 828
Compartido por: @sabad el 2020-11-25
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Nin no sabía leer, porque no podía ir a la escuela del pueblo. Solo sabía contar, porque su madre le había enseñado, con los dedos y de memoria. En la escuela del pueblo no podían enseñar a niños ciegos. Y Nin era además el único cieguito de aquel lugar. Y tuve una idea; la mejor de todas las ideas que he tenido. Cogí otro cartón y dibujé todas las letras del abecedario, desde la A hasta la Z. Luego las fui pinchando con mucho cuidado con el alfiler, pero siguiendo los contornos muy exactamente. Yo no sabía si era así el sistema Braille, del que habló el abuelo, pero en todo caso, me había dado la idea.

Al principio Nin estuvo muy poco ilusionado con aquello.

— No podré —dijo—. Dicen todos que yo no podré leer nunca.

— ¡Pero no seas tozudo, Nin! ¿No has visto cómo distingues muy bien las fichas marcadas? ¡Pues lo mismo, lo mismo harás con las letras! ¡Si es tan fácil!

Al fin se dejó convencer. Nos sentamos juntos, él con el cartón sobre las rodillas. Yo le cogía la mano derecha y con el dedo índice le hacía repasar los bordes de las letras.

—Esta que tiene pico, es la A. Esta que tiene dos barrigas es la B. Esta que es media rosquilla es la C...

Nin se reía un poco de lo que yo le decía. Pero como era de los más listo, en seguida se dio cuenta de que era bastante más fácil de lo que parecía. Yo había dibujado las letras minúsculas, porque, verdaderamente, si no, hubiera sido más difícil.

Así iban pasando los días. Nin aprendía bastante bien. Luego, yo le ponía el lápiz en la mano y él trazaba las letras en mi cuaderno. Al principio le salían muy mal, pero yo no se lo decía, para no desanimarle. La primera A que trazó era como una montaña rusa, y de la B, ni hablemos, parecía la carretera de las montañas, llenas de eses y de curvas. Pero luego... ¡qué enormemente listo era!

Pues yo, nada, lo que se dice nada, comparada con Nin. ¡Porque hay que pensar que él no veía y que era la primera vez que cogía un lápiz y que al principio no sabía cómo sujetarlo entre los dedos! Marta se sentaba a nuestro lado para mirarlo y decía:

— ¡Pero, muchacha, quién hubiera tenido una maestra como tú! Ya ves, paso de los cincuenta años, Dios me dio un buen par de ojos y no sé leer ni escribir.

— ¿Y por qué no sabes leer ni escribir? —le pregunté muy extrañada.

— Ay, chiquita, porque éramos muy pobres y cuando debí andar a la escuela, me metieron a trabajar. Así es la vida, muñeca.

Y se fue a sus pucheros, suspirando. ¡Estas cosas si que me hacían a mí daño! Y me bullían muchas ideas por la cabeza, pero ni siguiera sabía aún cómo llamarlas.

En tanto, lo importante era que Nin pudiese aprender las letras, que luego ya le enseñaría yo a silabear y, al fin, a leer de corrido y a escribir lo mismo. Sólo de pensarlo, el corazón me hacía pum-pum-pum y hasta las primeras noches no me podía dormir ni nada, pensándolo. ¡Poder enseñar a leer a Nin!

Ya estábamos entrando en la semana de Navidad cuando Nin aprendió todo el abecedario. Al principio costó, pero las últimas ya las aprendió en un periquete. Y también las trazaba, aunque no muy derechas, en el cuaderno. Yo, para que hiciera más bonito, le daba un color distinto para cada letra. Y procuraba explicárselo:

— La A la ponemos encarnada. ¿Sabes? El encarnado es un color que quema como el fuego. La B es azul. El cielo tiene el color azul y tus ojos también. El azul se parece un poco al ruido del agua, y del río, según como se mire, es también azul. La C es verde... el verde es como la hierba y como los árboles. Se parece a...

Pero Nin levantó la cabeza y dijo:

— Ya lo sé. Paulina, ya sé cómo es el color verde.

— ¿Cómo, muchacho? —dijo Marta, y hasta se quedó con la espumadera en alto, goteando y brillando, al lado del fuego. Y María levantó los ojos y dejó de coser.

Nin repitió:

— Sí que sé cómo es el color verde. Madre lo dijo.

Cuando dijo «madre», a mí me subió algo por la garganta; algo como si un pájaro quisiera escaparse.

— Madre lo cuenta —dijo Nin un poco impaciente, empezando a figurarse, tal vez, que no le íbamos a creer.

— ¿Qué dice? —le pregunté yo.

— Madre lo explicó, la primavera pasada, cuando volvía a casa. Padre me llevaba en el caballo, montado encima, y ya cuando nos acercábamos a nuestra casa padre gritaba llamándola. Yo ya sabía que estábamos cerca, porque sabía cómo sonaban las ramas de los árboles, al pasar por el camino del bosque. Y además notaba el olor del humo... Y a madres también. A madre la notaba, porque escuchando la tierra se la oía venir: y sí que la tierra se oía, allá por el camino. Con la voz del padre y con las pisadas del caballo y todo, yo oía a la tierra cuando venía madre a esperarme... Y entonces, así que padre me cogió y me bajó, yo sabía que ella estaba plantada en el camino, mirándome; yo lo sabía muy bien y me estiré todo lo que pude, para que ella viera lo que me había crecido estando en la casa de los señores. Para que viera que de algo me servía la pena de separarnos. Y entonces madre se acercó y me echo el brazo por el cuello y me apretó contra ella y dijo: «Nin, Nin, todo está verde, hijo mío, está todo tan verde, tan verde...» Y sí lo estaba, yo lo notaba, porque me venía todo el olor de la hierba, con los árboles y con el vientecilo, y hasta lo sentía en las plantas de los pies porque; porque, como había llegado la primavera, me había quitado padre las botas, a guardar para el invierno...

Nos quedamos callados.



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