Educación para la Ciudadanía/ Historia de España: la Transición
El disputado voto del señor Cayo (fragmento)
Obra: El disputado voto del señor Cayo | Autor: Miguel Delibes | Tipo de texto: Narrativo | Etapa: Primaria | Lecturas: 2923
Compartido por: @sabad el 2011-05-22
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-Pero tal como se explica, señor Cayo, usted aquí ni pun. Así se hunda el mundo, usted ni se entera.

-¡Toó! Y ¿qué quiere que haga yo si el mundo se hunde?

-Bueno, es una manera de decir.

Rafa se inclinó hacia el tajuelo. Tenía los ojos turbios. Dijo con voz vacilante, un poco empastada:

-Un ejemplo, señor Cayo, la noche que murió Franco usted dormiría tan tranquilo...

-Ande, ¿y por qué no?

-No se enteró de nada.

-Qué hacer si enterarme, Manolo me lo dijo.

-¡Jo, Manolo! ¿No dice usted que Manolo baja con la furgoneta a mediados de mes?

-Así es, sí señor, los días 15, salvo si cae en domingo.

-Pues usted me dirá, Franco murió el 20 de noviembre, de forma que se tiró usted cuatro semanas en la inopia.

-Y ¿qué prisa corría?

-¡Joder, qué prisa corría!

Laly alzó su voz apaciguadora:

-¿Qué pensó usted señor Cayo?

-Pensar, ¿de qué?

-De Franco, de que hubiera muerto.

El señor Cayo dibujó con sus grandes manos un ademán ambiguo:

-Mire, para decir verdad ,a mí ese señor me cogía un poco a tasmano.

-Pero la noticia era importante, ¿no? Nada menos que pasar de la dictadura a la democracia.

-Eso dicen en Refico.

-Y usted ¿qué dice?

-Que bueno.

Laly le miraba comprensiva, amistosamene. Añadió:

-De todos modos, al comunicárselo Manolo, algo pensaría usted.

-¿De lo de Franco?

-Claro.

-Mire, como pensar, que le habrían dado tierra. Ahí sí que somos todos iguales.

Rafa bebió otra taza de vino.Tenía las orejas y las mejillas congestionadas. Dijo excitado:

-Pues ahora tendrá usted que participar, señor Cayo, no queda otro remedio. ¿Ha oído el discurso del Rey? La soberanía ha vuelto al pueblo.

-Eso dicen.

-¿Va a votar el día 15?

-Mire, si no está malo el tiempo, lo mismo me llego a Refico con Manolo.

-¿Votan ustedes en Refico?

-De siempre, sí señor. Nosotros y todo el perosnal de la parte de aquí, de la montaña.

-Y, ¿ha pensado usted qué va a votar?

El señor Cayo introdujo un dedo bajo la boina y se rascó ásperamente la cabeza. Luego, se miró sus grandes manos, como extrañándolas. Murmuró al fin:

-Lo más seguro es que vote que sí, a ver, si todavía vamos a andar con rencores...

Rafa se echó a reír. Levantó la voz:

-Que eso era antes, joder, señor Cayo. ÿsos eran los inventos de Franco, ahora es diferente, que no sabe usted ni de qué va la fiesta.

-Eso -dijo humildemente el señor Cayo.

La voz de Rafa se fue haciendo, progresivamente, más cálida, hasta alcanzar un tono mitinesco:

-Ahora es un problema de opciones, ¿me entiende? Hay partidos para todos y usted debe votar la opción que más le convenza. Nosotros, por ejemplo. Nosotros aspiramos a redimir al proletariado, al campesino. Mis amigos son los candidatos de una opción, la opción del pueblo, la opción de los pobres, así de fácil.

El señor Cayo le observaba con concentrada atención, como si asistiera a un espectáculo, con una chispita de perplejidad en la mirada. Dijo tímidamente:

-Pero yo no soy pobre.

Rafa se desconcertó:

-¡Ah! -dijo- entonces usted, ¿no necesita nada?

-¡Hombre!, como necesitar, mire, que pare de llover y apriete el calor.



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