Égloga de los dos rascacielos
Autor: Luis García Montero | Tipo de texto: Poético | Etapa: Secundaria | Lecturas: 2204
Compartido por: @sabad el 2011-05-13
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A Javier Egea,
cómplice de estupor.

Lamentaban dos dulces rascacielos
la morena razón de su desgracia,
bajo el sol del invierno. Mi ciudad
escuchaba en su voz la ineficacia
de un amor que vencido por los celos
otorga duelo y quita libertad.
Tú, lector de esta Edad,
confundido en la masa,
que al regresar a casa
del trabajo, sin ninguna ilusión,
te detienes un punto en la estación
del Metro, o tú que vuelves con la prensa,
triste de corazón,
en un sucio autobús sin recompensa;
tú, irascible lector, que por la prisa
y a causa de Rutina ya no sientes
querella ni motín, si has olvidado
lo sabio que fue ser adolescentes
con tentación de amor y de sonrisa,
escucha el lamentar desconsolado,
el trágico cuidado
de estos dos edificios,
que perdieron juicios
para ganar entrañas y fatiga
-a pesar de ser hierro, piedra, viga-
por una Ninfa ingrata. Los olvidos
de su dulce enemiga
te confían, lector, enternecidos.


Primer rascacielos

Yo, que araño este cielo,
que en nubes vivo sin vivir vasallo
del trueno enorme y del tremendo rayo,
porque con mi pañuelo
al sol entre las lluvias doy consuelo;

yo que a las soledades
de la noche traiciono, pues en ella
hago con mis ventanas una estrella
y en las ambigüedades
de su luz se adormecen las ciudades;

yo, espada de cemento,
sufro la esclavitud de una princesa
urbana, que las calles atraviesa
más ligera que el viento,
negada más que piedra al sentimiento.

De lejos la adivino.
Como el imán, por entre los letreros,
la arruga triangular de sus vaqueros
es siempre un torbellino
donde buscan mis ojos el destino.

Su cintura un abrazo,
sus senos son dos lágrimas. Querría
saber por ellos navegar un día,
sentir el fogonazo
pirata de la piel en su regazo.

Y de sus labios preso,
por el carmín en sangre convertidos,
quisiera desnudarme a los sentidos,
hundirme en el proceso
de la corriente atónita de un beso.

Pero no me responde,
que la detiene sólo su trabajo,
camarera nocturna en ese bajo
canalla y sucio, donde
la oscuridad con mi pasión se esconde.

Oh juvenil trofeo,
esquivo sueño, prisa que desgarra
a cuerpos que sostienen en la barra
su alcohol y su deseo.
Mirón el sol, discreto yo, la veo

salir acompañada,
muchas horas después, con dos ojeras
que valen mil silencios, mil esperas
sobre la calle helada,
indigna de sus pies la madrugada.

Y cuando ya se pierde,
en la esquina, el amor, temblando y rojo,
me regala un momento en el despojo
de la ausencia, que muerde
por fin cuando la luz se pone en verde.

¿Qué amarga tubería
podrá encauzar mi llanto agonizante,
el triste corazón de un tierno amante,
convertido en espía,
que muere siempre cuando nace el día?


Segundo rascacielos

Teléfonos alertas,
sirenas que la luz cruzáis veloces,
letreros luminosos, altavoces,
carteleras expertas
que hacéis negocios y mentís ofertas,

yo que acudo al amigo,
os pido que cumpláis la penitencia.
Decidle que es más grave otra sentencia
que hay un mayor castigo
y ponedle mi caso por testigo.

Contadle que ella vive
en mi planta más alta y que la vida
de su casa en mi cuerpo es una herida,
que soy su detective,
que descubro el amor que nos prohíbe,

de pronto, sin aviso,
cuando advierto en el pecho su calor
o la siento cruzarme en ascensor,
subir de piso en piso,
como quien tiene dentro el paraíso

y a la vez el infierno.
Suele llegar con alguien, que la besa
poniendo en cada labio una promesa
de amor, extraño y tierno,
por dejarme con daño y sin gobierno.

Despacio se desnuda.
Como el náufrago lucha entre ciclones,
en su respiración, los dos pezones
gritan pidiendo ayuda.
Su orilla son las sábanas sin duda,

pues la veo entregarse,
ya teñida la piel de un rojo leve,
ya tomados los ojos por la nieve,
atarse, desatarse,
desde cumbre salvaje despeñarse

hasta el hondo remanso
que otorga la pasión recién vencida
donde flota el enigma del suicida,
o el tigre, que ya manso,
se entrega cuando halla su descanso.

De tanto bien no es mío
sino el dolor, la rabia, los desvelos,
la bárbara caricia de los celos,
el duro escalofrío,
la envenenada paz, el extravío.

Así que cuando al verte,
cómplice de estupor, en mal estado
y quieras poner fin a tu cuidado
invocando la suerte,
pidiéndole el reposo de la muerte,

por este amor canalla,
acuérdate de mí. Con mi tortura
consuela tu dolida arquitectura,
y cesa, olvida, calla,
cifra tu dignidad en tu batalla.


Final
No la ciudad, sino su reino entero
oyéndolos se oculta detenido.
Por ellos, la firmeza del acero,
hecha espuma de mar, ha sometido
su corazón de instinto callejero
al revolver humano del olvido.
Confiésame, lector, que también tienes
la herida que disparan sus desdenes.

Amor, soñado amor, tú que has estado
en el pecho y la voz de un hombre triste,
tú que conmigo vas desesperado,
respeta que no dé lo que no diste,
que traiga libertad a este rimado
por vengarme del daño que me hiciste,
a los dos rascacielos indultando
de tu cerco, tu ley, tu contrabando.

¡Retírate a las nubes más secretas
lo mismo que hace el sol! La luz cobarde
huye llorando lágrimas violetas.
De rosa el horizonte en rojos arde,
las estrellas deshacen sus maletas,
se le cierran los ojos a la tarde,
mientras que vigilando su fortuna,
abre los suyos la impaciente luna.


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